Todo aquello no podía estar pasando. Yo allí, llena de salsa de tomate de pies a cabeza, delante de un centenar de adolescentes con las hormonas revolucionadas a los que lo único que les preocupa es ser populares y reírse de la gente.
¿Por qué?, os preguntaréis. Pues un patoso empollón acababa de tropezar con el capitán del equipo de fútbol, éste le había empujado y la consecuencia acabó siendo mi propia persona bañada en pringue rojo.
- Lo siento mucho, Sandra - había dicho él, con un hilo de voz. Lo conocía de habernos encontrado alguna vez en la biblioteca.
Lo fulminé con una mirada asesina como los malos de las películas que intentan arrebatarle la vida al protagonista. Pero logré tranquilizarme.
- No importa, Daniel. Quédate tranquilo... - dije esto llena de furia contenida, tenía ganas de meterme con él, hacer que las risas que ahora resonaban en aquel enorme comedor se dirigieran a él, y no a mi.
A mi lado estaba Almudena, mi mejor amiga. En el momento del accidente se rió como todos, pero ahora intentaba limpiarme el pelo de restos de carne y pasta, y quitarme algo de salsa de las rojas mejillas, que en ese momento parecían dos semáforos que gritaban: ¡Peligro, peligro, no se acerque! Y desde luego reflejaban con gran éxito mi estado de ánimo. Estaba enfadada con el mundo, con Daniel, con Roberto (el capitán del equipo que empujó a Daniel contra mi) y con el resto del instituto y de ese estúpido planeta al que llamábamos Tierra, cosa también bastante estúpida porque la mayoría de él se encuentra cubierto de agua.
Caminé a paso lento hacia una de las mesas que se encontraban vacías y Almudena me siguió en silencio. Una vez sentadas comencé a comer mi pasta con carne y salsa, lo que me enfureció aún más porque me recordaba a lo ocurrido allí mismo hacía unos escasos instantes.
- Sandra, sería mejor que fuéramos al baño a lavarte y ya de paso llamar a tu casa para que te trajeran algo de ropa limpia, ¿no te parece?
- Quiero terminar mi comida. Luego vamos. En seguida termino, y tenemos una hora y media hasta que cierren el comedor y el edificio entero. No hay prisa.
Almudena suspiró y apoyó su cabeza en su delicada mano de uñas pintadas con la manicura francesa. Ella tenía suerte, nunca le pasaba nada malo: era guapa, sus ojos azules destacaban sobre una piel morena llena de vida, y su pelo castaño trazaba unas bonitas ondas a lo largo de su espalda hasta, aproximadamente, la mitad de ésta; su cuerpo era delgado, aunque no excesivamente, y resultaba evidente, aunque fueras una chica heterosexual, que era atractiva y tenía un gran físico. Nadie se metía con ella nunca, muchos chicos le pedían salir y además era una chica bastante inteligente. En cambio yo, la tonta de Sandra, tenía el pelo negro, liso pero siempre enmarañado, la piel pálida, unos ojos negros hundidos y un cuerpo que no era a gusto de nadie. ¿Sabéis eso de "nada es a gusto de todos"? En mi caso era cierto, no era a gusto de todos, ni de unos pocos. Yo no estaba hecha al gusto de ningún ser que habitara el universo.
Terminé de comer pronto, no me apetecía seguir entre los murmullos de la gente y las miradas indiscretas hacia mi, era incómodo. Fui a dejar la bandeja a su sitio correspondiente y me dirigí, junto con Almudena, al lavabo de las chicas. Allí intenté lavarme un poco el pelo, lleno aún de comida, para mi asquerosa (aunque acababa de comerme exactamente lo mismo).
- Déjame al móvil, yo llamaré a tus padres. Tú sigue lavándote, que te hace falta - dijo sacándome un fideo del hombro y haciendo una mueca de asco.
- Cógelo en el bolso, lo dejé en la esquina de la papelera.
- Vaya, buen lugar... - dijo dirigiéndose hacia el bolso. Cogió el móvil y llamó rápidamente a mis padres.
- ...
- Isabel, soy Almudena. Estoy en el baño del insituto con Sandra.
- ...
- Ha tenido... digamos, un pequeño accidente en el comedor... Necesita que le traigáis ropa para cambiarse antes de que cierren el insituto.
- ...
- Un chico ha tropezado y su comida ha caído encima de Sandra. Así de simple - se le escapó una pequeña risita.
- ...
- Vale, gracias Isabel.
- ...
- Hasta luego - colgó el teléfono y se acercó a mi -. Dice tu madre que vendrá lo antes posible.
-Eso espero.
Seguí escurriéndome el pelo, con la cabeza debajo del grifo del que salía agua tan fría que me extrañaba que no se hubiera congelado todavía.
Esperamos durante más de media hora. Yo me había sacado la camiseta para quitar los restos que pudieran haber pasado a mi sujetador. Todo eso era asqueroso, estaba deseosa de irme a casa.
- Eso de "lo antes posible" no sé qué significará para mi madre, pero no me hace nada de gracia que tarde tanto.
- Tranquila, debe de estar al llegar...
Entonces, a través del espejo, vi a una mujer que entraba por la puerta: mi madre. ¡Al fin!
- Mamá, lo antes posible es antes de los 37 minutos, ¿sabes?
- Lo siento hija, había atasco.
Sí, claro, y yo me lo creía.
molaa.. pero pobre de la k le pase eso jajajja
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